Mostrando entradas con la etiqueta Historia del Arte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia del Arte. Mostrar todas las entradas

sábado, 29 de abril de 2017

Historia del Arte: Salvador Dalí

Salvador Dalí

(Figueres, Gerona, 1904 - 1989) Pintor español. Si bien parte del inmenso prestigio y popularidad de que gozó ya en vida se debió a sus estrafalarias e impostadas excentricidades, Salvador Dalí acertó a insuflar nueva vida al surrealismo europeo hasta convertirse en su más conocido representante; sus confusas ideas estéticas (el llamado método paranoico-crítico) fueron mucho menos decisivas que sus impactantes composiciones, a las que trasladó con magistral precisión técnica un personalísimo universo onírico y simbólico, tan nítido y luminoso como profundamente inquietante y perturbador.

Salvador Dalí
Salvador Dalí nació en una madrugada de la primavera de 1904 en el seno de una familia burguesa, hijo de un notario bienpensante y de una sensible dama aficionada a los pájaros. Muchos años más tarde escribiría en su autobiografía La vida secreta de Salvador Dalí (1942): "A los tres años quería ser cocinero. A los cinco quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho más que crecer y ahora es la de llegar a ser Salvador Dalí y nada más. Por otra parte, esto es muy difícil, ya que, a medida que me acerco a Salvador Dalí, él se aleja de mí".
Puesto que la persecución sería incesante y el objetivo no habría de alcanzarse nunca, y dado que en ningún recodo de su biografía estaba previsto que hallara el equilibrio y la paz, Dalí decidió ser excesivo en todo, interpretar numerosos personajes y sublimar su angustia en una pluralidad de delirios humorísticos y sórdidos. Se definió a sí mismo como "perverso polimorfo, rezagado y anarquizante", o "blando, débil y repulsivo", aunque para conquistar esta laboriosa imagen publicitaria antes hubo de salvar algunas pruebas iniciáticas, y si el juego favorito de su primera infancia era vestir el traje de rey, ya a los diez años, cuando se autorretrata como El niño enfermo, explora las ventajas de aparentar una constitución frágil y nerviosa.
Su precocidad es sorprendente: a los doce años descubre el estilo de los impresionistas franceses y se hace impresionista; a los catorce ya ha trabado conocimiento con el arte de Picasso y se ha hecho cubista, y a los quince se ha convertido en editor de la revista Studium, donde dibuja brillantes pastiches para la sección titulada "Los grandes maestros de la Pintura".
La Residencia de Estudiantes
En 1921 abandona su Cataluña natal y se traslada a Madrid, donde ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Instalado en la Residencia de Estudiantes, se hace amigo del gran poeta granadino Federico García Lorca y del futuro cineasta surrealista Luis Buñuel, de quien sin embargo se distanciará irreversiblemente en 1930. En la capital adopta un extraordinario atuendo: lleva los cabellos largos, una corbata desproporcionadamente grande y una capa que arrastra hasta los pies. A veces luce una camisa azul cielo adornada con gemelos de zafiro, se sujeta el pelo con una redecilla y lo lustra con barniz para óleo. Es difícil que su presencia pase desapercibida.
En los revueltos y conflictivos meses de 1923 sufre un desafortunado contratiempo. En la Academia de Bellas Artes a la que está adscrito se producen manifestaciones en contra de un profesor, y antes de que dé comienzo el discurso oficial y se desate la violenta polémica, Salvador abandona la sala. Las autoridades creen que este gesto suyo ha sido la señal de ataque y rebelión y deciden expulsarlo durante un año. Después, de nuevo en Figueres, los guardias vienen a detenerlo y pasa una temporada en la cárcel.

La persistencia de la memoria (1931)
A la salida de prisión recibirá dos alegrías. La primera, una prensa para grabado que su padre le regala, y la segunda, la visita de su excelente compañero de la Residencia de Estudiantes de Madrid, Federico García Lorca, quien en las calurosas noches del verano de Cadaqués lee a toda la familia Dalí sus versos y dramas recién compuestos. Es allí, junto al Mediterráneo, donde García Lorca redacta la célebre "Oda a Salvador Dalí", publicada unos años después, en 1929, en la Revista de Occidente. Pronto será también Luis Buñuel quien llegue a Cadaqués para trabajar con su amigo Salvador en un guión cinematográfico absolutamente atípico y del que surgirá una película tan extraña como es Un perro andaluz (1929).
En París
En 1927 Dalí viaja por primera vez a París, pero es al año siguiente cuando se establece en la capital francesa. Se relaciona con Pablo Picasso y Joan Miró y, con la ayuda de este último, se une al grupo surrealista que lidera el poeta André Breton. En 1929 expone en la Galería Goemans y obtiene ya un gran éxito; las originales imágenes de sus cuadros, en las que los objetos se muestran con irritante precisión, parecen adentrarse en unas profundidades psíquicas anormales y revelar un inconsciente alucinatorio y cruel. Pero Breton terminará expulsándolo del movimiento algunos años después, en una memorable sesión de enjuiciamiento a la que Dalí compareció cubierto con una manta y con un termómetro en la boca, aparentando ficticiamente estar aquejado de fiebre y convirtiendo así el opresivo juicio en una ridícula farsa.
La triple acusación a la que tuvo entonces que enfrentarse Dalí fue coquetear con los fascismos, hacer gala de un catolicismo delirante y sentir una pasión desmedida e irrefrenable por el dinero. A esto precisamente alude el célebre apodo anagramático con que sería motejado por Breton, Avida dolars, acusación que, lejos de desagradar al pintor, le proporcionaba un secreto e irónico placer. De hecho, después de conocer a la que sería su musa y compañera durante toda su vida, Gala, entonces todavía esposa de otro surrealista, el poeta Paul Éluard, Dalí declaró románticamente: "Amo a Gala más que a mi madre, más que a mi padre, más que a Picasso y más, incluso, que al dinero."

Gala y Dalí
Salvador Dalí se enamoró de Gala en el verano de 1929 y con ella gozó por primera vez de las mieles del erotismo. Es la época en que pinta Adecuación del deseo, Placeres iluminados y El gran masturbador, pintura esta última que fue atacada y desgarrada por el fanático grupo puritano los Camelots du Roy. Mientras tiene lugar la exposición de sus obras en la Galería Goemans de París, la joven y apasionada pareja se refugia y aísla en la Costa Azul, pasando los días y las noches encerrados en una pequeña habitación de un hotel con los postigos cerrados.
Enterado de la vida disoluta de su hijo por un artículo de Eugenio d'Ors aparecido en La Gaceta Literaria, el padre de Dalí rompe relaciones con su vástago; pero ello no debió afectarlo demasiado, o quizás sí, puesto que es en esa época cuando el artista realiza lo mejor de su obra, como el célebre cuadro La persistencia de la memoria (1931), donde blandos relojes cuelgan de la rama de un árbol, del borde de un pedestal y sobre una misteriosa forma tendida en la vasta extensión de la playa.
El surrealismo daliniano
Antes de llegar a París, el artista había realizado su primera exposición en las Galerías Dalmau de Barcelona, en 1925, y su obra había transitado por el cubismo y las corrientes realistas, como en Muchacha en la ventana (1925) o su primera Cesta de pan (1926). Cuando Dalí se incorporó al grupo surrealista, el movimiento atravesaba momentos de fuertes contradicciones internas. La vitalidad y extravagancia de aquella joven promesa española resultó decisiva para la renovación y proyección del grupo, del que también por su parte absorbió energías que resultaron en la etapa más apreciada de su obra. En teoría, sus mejores cuadros fueron el fruto de la aplicación del llamado "método paranoico-crítico", que Dalí definió como un sistema espontáneo de conocimiento irracional "basado en la asociación interpretativo-crítica de los fenómenos delirantes".
Tal metodología propugna un alejamiento de la realidad física en favor de la realidad mental: gracias a un uso controlado de la alucinación y del sueño (lo paranoico o irracional debe someterse a la lucidez interpretativa o crítica), los objetos de la vida cotidiana se convierten en iconos de los deseos y temores del ser humano. A través de sus obras y siguiendo los dictados de las teorías freudianas, el artista saca a la luz los aspectos más ocultos de su vida erótica, sus fantasías y sus deseos. Dalí pretendía que sus telas fueran contempladas como sueños pintados; sus imágenes de relojes blandos, miembros hipertróficos sostenidos por muletas y elefantes de patas zancudas, por citar algunas de las más conocidas, son a la vez expresión y liberación de las obsesiones sexuales y de la angustia ante la muerte.

El gran masturbador (1929)
Probablemente para Dalí eran menos relevantes su teorizaciones que el tono provocador e irónico con que las exponía. En cualquier caso, la plasmación de sus obsesiones personales es el motivo que aglutina la mayor parte de sus telas en esta etapa, en la que se sirvió de las técnicas del realismo ilusionista más convencional para impactar al público con sus insólitas e inquietantes visiones, que a menudo aluden directamente a la sexualidad. El gran masturbador (1929, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid) es en este sentido una obra paradigmática de este periodo.
Una magnífica ilustración del método es el cuadro titulado Mercado de esclavos con el busto evanescente de Voltaire (1940, Fundación Reynolds-Morse, Cleveland), en el que el rostro del filósofo está constituido por dos figuras que, simultáneamente, forman parte del grupo humano del segundo término. A la izquierda, contempla la escena una mujer que se apoya en una mesa; el contenido de los fruteros sobre la mesa es a su vez parte del conjunto de figuras que participan en el mercado que da título a la tela.
Enlace:http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/dali.htm

miércoles, 29 de marzo de 2017

Vincent van Gogh

 Vincent van Gogh

(Groot-Zundert, Países Bajos, 1853 - Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) Pintor holandés. En las décadas finales del siglo XIX, el impresionismo marcó el inicio de una profunda renovación de las artes plásticas que tendría continuidad en la sucesión de ismos o corrientes del arte contemporáneo. Algunos de los mejores maestros de este periodo, sin embargo, no pueden encasillarse en ninguna escuela, y abrieron por sí solos nuevos caminos; entre ellos, el holandés Vincent van Gogh ocupa una posición señera.

Detalle de un Autorretrato de 1890
Encarnación del artista torturado e incomprendido, Van Gogh no llegó a vender más que uno de aquellos centenares de cuadros suyos que actualmente alcanzan desorbitadas cotizaciones en las subastas. El reconocimiento de su obra no empezó hasta un año después de su muerte, a raíz de una exposición retrospectiva organizada por el Salón de los Independientes; en nuestros días, Van Gogh es considerado unánimemente uno de los grandes genios de la pintura moderna. Su producción ejerció una influencia decisiva en todo el arte del siglo XX, especialmente en el fauvismo y el expresionismo; y tras más de un siglo de experimentos artísticos, la pincelada tosca y atormentada del artista holandés, alimentada por el vigor de su pasión interior, conserva toda su fascinante fuerza expresiva.
Biografía
Vincent van Gogh era el mayor de los seis hijos de un pastor protestante, y mantuvo con su hermano Theo, cuatro años menor que él, una relación que sería determinante en su existencia y en su trayectoria artística. La correspondencia que ambos intercambiaron a lo largo de sus vidas testimonia la intimidad de esta relación y las pasiones y angustias humanas y creativas que atormentaron a Van Gogh en sus últimos años. Tras recibir una esmerada educación en un internado privado, a los dieciséis años entró como aprendiz en la filial de La Haya de la galería de arte parisina Goupil, una sociedad de comerciantes de arte fundada por su tío Vincent.
En 1873 pasó a la sucursal de la galería Goupil en Londres, donde hubo de padecer el primero de sus fracasos sentimentales; en 1875 fue trasladado a la filial parisina; en 1876 se despidió y regresó a Holanda. Trabajó después como profesor, ayudante de un pastor metodista y empleado de una librería; ninguno de estos empleos le duró mucho tiempo. Por aquel entonces sentía sobre todo la necesidad espiritual de entregarse a sus semejantes; de hecho, siempre había querido ser pastor, como su padre, y tal vocación lo llevó a Ámsterdam para seguir los estudios de teología, que suspendió.
Pasó entonces a la Escuela de Evangelización Práctica de Bruselas, y en 1878 fue enviado por sus superiores a la zona minera del Borinage. Establecido en el pueblo de Pâturages, próximo a Mons, realizó una serie de dibujos de los mineros. La Escuela de Evangelización lo expulsó por su excesiva implicación: impresionado por sus infrahumanas penurias, Van Gogh llegó a dar a los mineros lo poco que tenía y a vivir más pobremente que ellos.
El contacto con tal miseria y desolación socavó su fe, y Van Gogh pasó esta crisis espiritual vagando por Francia y Bélgica y escribiendo a su hermano Theo, que ocupaba ahora su antiguo empleo en la galería Goupil de París. Animado por Theo, en 1880 decidió dedicarse a la pintura y fue a Bruselas, donde conoció al pintor Anthon Van Rappard (con quien mantendría una larga relación) y llevó a cabo las primeras copias de Millet.
Tras otro fracaso sentimental con su prima Kate, conoció a una prostituta llamada Sien, cuyos infortunios despertaron su siempre infinita compasión. En 1882 vivió en Schenkweg con Sien y con sus hijos, que tomó a su cargo; seguía dibujando, y realizó sus primeros cuadros. Tras descubrir Theo su relación con Sien, rompió con ella a instancias de su hermano y marchó al norte, donde permaneció hasta finales de 1883. Fue luego a Nuenen, donde se aproximó de nuevo a su familia y pintó febrilmente; de esos dos años (1884-1885) son sus primeras telas de importancia. Cuadros como Los comedores de patatas (1885), diversas representaciones de tejedores y cabezas y figuras de campesinos forman, junto con innumerables dibujos, el conjunto de obras de esta etapa de formación.
En 1886 se reunió con su hermano en París; allí, en la capital artística de Europa, el contacto con el impresionismo reorientó visiblemente su estilo. Se relacionó con los impresionistas y postimpresionistas en la tienda de colores del "père Tanguy" (de quien pintó el conocido retrato) y descubrió el arte japonés. Su hermano le presentó a Camille Pissarro, Georges Seurat y Paul Gauguin; conoció asimismo a Toulouse-Lautrec y Émile Bernard, y bajo ese nuevo ambiente llegaría a la definición de su pintura. Su paleta se tornó definitivamente clara y colorista y sus composiciones menos tradicionales, dando forma a su personal visión del postimpresionismo.

Van Gogh pintando girasoles (1888), de Paul Gauguin
Los consejos de su hermano y su interés por el color y por la captación de la naturaleza lo indujeron a trasladarse en febrero de 1888 a Arlés, en la soleada Provenza, donde su obra fue progresivamente expresando con mayor claridad sus sentimientos sobre lo representado y sus propios estados de ánimo. Trabajó intensamente, pintó la mayoría de sus telas más célebres y puras y escribió sus páginas más claras y profundas. Pero la soledad se le hacía insoportable, y con el propósito de formar un taller colectivo, Van Gogh alquiló una casa donde invitó a los artistas con quienes compartía intereses.
A instancias suyas, Paul Gauguin se instaló en la "casa amarilla" (así llamada por el color de sus paredes) en octubre de 1888, pero la relación fue haciéndose más y más difícil por el fuerte temperamento de ambos. En el transcurso de una discusión, Van Gogh llegó a atacar a Gauguin con una navaja de afeitar; luego, arrepentido de aquel arranque, se cortó el lóbulo de la oreja para expiar su culpa y lo hizo llegar a Gauguin, quien, lejos de conmoverse ante aquella muestra de contrición, lo juzgaba ya como un loco peligroso con el que no tenía ninguna intención de convivir. De este confuso lance (pues existen otras versiones del mismo) dan fe dos célebres autorretratos del pintor con una oreja vendada; en el segundo de ellos aparece fumando melancólicamente su pipa, ensimismado y sombrío.

Autorretrato con la oreja cortada y pipa (1889)
Tras la marcha de Gauguin, Theo le visitó e hizo que ingresara en el hospital de Arlés. En mayo de 1889, ante el temor a perder su capacidad para trabajar, pidió ser ingresado en el hospital psiquiátrico de Saint-Rémy-de-Provence, donde permaneció doce meses. También en este período Van Gogh pintó intensamente; tras sufrir diversos ataques y ante la imposibilidad de salir al exterior, realizó obras relacionadas con el hospital, retratos de médicos y reinterpretaciones de obras de Rembrandt, Delacroix y Millet. La pérdida de contacto con la realidad y una progresiva sensación de tristeza son las claves de este período, durante el cual desarrolló un estilo basado en formas dinámicas y en el uso vigoroso de la línea, de lo cual resultó una pintura más intrépida y visionaria que la de Arlés.
Sin conseguir superar el estado de melancolía y soledad en que se encontraba, en mayo de 1890 se trasladó a París para visitar a su hermano Theo. Por consejo de éste viajó a Auvers-sur-Oise, donde fue sometido a un tratamiento homeopático por el doctor y pintor aficionado Paul-Ferdinand Gachet. En este pequeño pueblo retrató el paisaje y sus habitantes, intentando captar su espíritu. Su estilo evolucionó formalmente hacia una pintura más expresiva y lírica, de formas imprecisas y colores más brillantes.

La siesta (1890)
Pese a que unos meses más tarde el doctor Gachet consideró que se encontraba plenamente curado, su estado de ánimo no mejoró; asediado por sentimientos de culpa debidos a la dependencia de su hermano Theo y a su fracaso como artista, su espíritu se encontraba irremediablemente perturbado por una tristeza inconsolable. El 27 de julio de 1890, en el silencio de los campos bajo el sol, Van Gogh se descerrajó un disparo en el pecho; murió dos días más tarde, sin haber cumplido los treinta y siete años. Al cabo de seis meses, sumido en el dolor, le siguió su hermano Theo, enterrado a su lado en el pequeño cementerio de Auvers.
La obra de Van Gogh
Menos de diez años de dedicación a la pintura bastaron para otorgar a Van Gogh un lugar entre los genios de la historia del arte, y es difícil imaginar cuál hubiera sido su aportación de no haber truncado él mismo su trayectoria. Debe decirse, sin embargo, que su dedicación fue tan breve como ardiente: componen su legado más de ochocientos cuadros, además de numerosos dibujos y aguafuertes. Las obras realizadas antes de su estancia en París conforman lo que podría llamarse el periodo oscuro del pintor; de hecho, sus primeras telas importantes datan de los dos años inmediatamente anteriores a su llegada a la capital francesa (1884-1885). Admirador entusiasta de Millet, Van Gogh retrató con rudeza en estas primeras obras el sufrimiento de los trabajadores humildes sometidos a considerables esfuerzos físicos y sus miserables condiciones de vida.

Los comedores de patatas (1885)
La obra más ambiciosa y que mejor refleja esta etapa del pintor es Los comedores de patatas (1885, Museo Vincent van Gogh, Ámsterdam). Cinco personajes se reúnen a las siete de la tarde en un lúgubre comedor para tomar patatas y café. Con crudeza y dramatismo, Van Gogh transmite en los rostros deformados una miseria sin esperanza. Una tenue lámpara de gas ilumina levemente los alimentos, la mesa y los cuatro personajes del fondo. En primer plano, a contraluz, se halla una mujer en una escala exageradamente reducida.
Las facciones son caricaturescas, los cuerpos deformes y el ambiente claustrofóbico. Desde el punto de vista formal, la obra se caracteriza por pinceladas gruesas y agitadas en tonos muy oscuros. La identificación del artista con el sufrimiento de los pobres y marginados encuentra su vehículo en esta inmediatez de los medios pictóricos utilizados, totalmente ajenos a los convencionalismos academicistas.
En París
El mismo año que Georges Seurat presentó al público Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte (1886), Van Gogh llegó a París, donde permaneció hasta 1888. Durante esos dos años su estilo pictórico cambió de modo radical: se alejó de la tradición holandesa para inclinarse por las tonalidades claras, por los colores puros y por las pequeñas pinceladas divisionistas que le enseñaron Camille Pissarro y Paul Signac. A pesar de que sus inclinaciones por la disciplina divisionista fueron escasas, aprendió, sin embargo, la importancia de la pincelada y la yuxtaposición de colores, que utilizaría posteriormente para fines más subjetivos y personales.

Autorretrato con sombrero de paja (1887-88)
Uno de los cuadros representativos de la estancia en París es el Autorretrato con sombrero de paja (1887-88, Museo de Arte Metropolitano, Nueva York). La paleta y las pinceladas evidencian la influencia del divisionismo o puntillismo, especialmente el practicado en las obras de Seurat y Signac. Van Gogh consigue en esta obra una total asimilación de los principios neoimpresionistas, y el autorretrato refleja el fuerte temperamento de quien, en diciembre de 1885, había escrito a su hermano: "Prefiero pintar ojos de seres humanos en vez de catedrales, ya que hay algo en los ojos que no está en las catedrales, no importa lo solemne e imponentes que éstas puedan ser. El alma de un hombre, así sea la de un pobre vagabundo, es más interesante para mí".
Arlés
En febrero de 1888 Van Gogh se trasladó a la localidad de Arlés, en el sur de Francia. Pretendía encontrar allí la luminosidad que tanto había admirado en los grabados japoneses. Le fascinaron el sol deslumbrante, el cielo azul intenso y la viveza de los colores. Realidad y pintura parecían ponerse de acuerdo; atrás quedaban los cielos cubiertos de Holanda, Bélgica y París. En Sembrador con el sol poniente (1888, Museo Vincent van Gogh, Ámsterdam), el sol meridional irradia los campos con su energía, mientras un campesino -inspirado en Millet- siembra la tierra. La obra expresa la alegría del autor ante un lugar que estimuló su fuerza creativa y le permitió avanzar en su trabajo artístico.

Sembrador con el sol poniente (1888)
Van Gogh intentó convencer a Émile Bernard y Paul Gauguin para que se trasladaran a vivir a este paraíso meridional y crear, así, una pequeña comunidad de artistas. Vincent se dejó seducir por los contornos nítidos y los extensos planos de color puro que caracterizaba el estilo de sus compañeros, y se dejó influir por ellos en obras como El café de noche de Arlés (1888, Yale University Art Gallery, New Haven, Connecticut).
Pero Van Gogh, instalado en Arlés ocho meses antes de la llegada de Gauguin, había encontrado su propio estilo más allá del impresionismo y del divisionismo. Las divergencias y enfrentamientos entre ambos artistas fueron múltiples. Gauguin rechazaba los empastes que Van Gogh utilizaba porque le parecían desordenados; se veía a sí mismo como un primitivo refinado, mientras que consideraba a Vincent un artista impulsivo y romántico.
En una serie que tenía como tema Les Alyscamps, un parque de Arlés, Van Gogh siguió los consejos de Gauguin de hacer una pintura "de memoria", inspirada en el cuadro Mujeres en el jardín (1888, Art Institute, Chicago) pintado por su compañero. Es también el caso de Mujeres de Arlés (1888, Museo del Hermitage, San Petersburgo), uno de los escasos trabajos del artista no creados al natural. Gauguin le imponía con insistencia tal procedimiento, el cual terminaría siendo otro motivo de desavenencia artística entre ambos maestros, ya que Van Gogh consideraba que el trabajo al natural era el único medio a través del cual podía expresar sus ideas.

Mujeres de Arlés (1888)
Mujeres de Arlés también es conocido con el título Recuerdo del jardín de Etten (pequeña ciudad del norte de Holanda en la que trabajó el pintor algún tiempo). Probablemente fue este hecho, el del recuerdo, el que hizo innecesario el trabajo al natural. Las figuras y el paisaje se extienden sin profundidad, paralelamente a la superficie del lienzo, en zonas peculiares, de acuerdo a un método adquirido de los pintores japoneses. A primera vista parece que el cuadro está pintado en anchas extensiones de colores, pero una mirada atenta nos demuestra que estas extensiones están saturadas de pequeñas y precipitadas pinceladas, que crean el dinamismo interno de las formas y las hace sumamente expresivas. Los rostros de las mujeres, pensativos y tristes, transmiten al espectador un sentimiento de angustia.
En el plano artístico, su estancia de poco más de un año en Arlés se tradujo en unos doscientos lienzos. La habitación de Van Gogh en Arlés (1889, Museo de Orsay, París) es uno de los más célebres. Representa el dormitorio del pintor, tema que trató en varias ocasiones con el deseo de expresar la idea de un "completo descanso" a través únicamente del uso de colores claros y empastados. En él, con una extrema concisión, el pintor mostró el ambiente de la pieza, amueblada con suma sencillez con una cama, una mesa, dos sillas, un espejo, varios cuadros y dos dibujos. Una de las versiones de este lienzo fue acabada por Van Gogh en 1889, durante su estancia en el asilo de Saint-Rémy-de-Provence.

La habitación de Van Gogh en Arlés (1889)
De la estancia en Arlés hay que destacar también otras obras famosísimas: Los girasoles (1888, National Gallery, Londres) formaba parte de una serie destinada a decorar el estudio donde trabajaban juntos Van Gogh y Gauguin; en algunos de los lienzos las flores están colocadas sobre un fondo azul, pero en éste todo está pintado en distintas gamas de amarillo, color que en el artista se asocia a la luz del sol y a la felicidad. Pintó también paisajes, naturalezas muertas y retratos, así como sus conocidos lienzos de campos de trigo luminosos y resplandecientes bajo un cielo azul intenso.
Los últimos años
Cuando a principios de diciembre de 1888 Gauguin realizó un retrato de Vincent, Van Gogh pintando girasoles (1888, Museo Vincent van Gogh, Ámsterdam), Van Gogh creyó ver representada su propia locura. Después, con el lance turbulento de la mutilación de la oreja (nunca del todo esclarecido) terminó una tempestuosa convivencia de dos meses y, con ella, la utopía de crear una comunidad de artistas en el sur de Francia. Todo ello lo sumió en una gravísima crisis mental que acabaría con su internamiento en un hospital.
Van Gogh sufriría desde entonces varias crisis nerviosas, aunque sólo ocasionalmente afectaron a su acelerado ritmo de trabajo; estuvo internado, primero, en el sanatorio mental de Saint-Rémy, y luego, bajo la atención del doctor Gachet, en Auvers-sur-Oise. En los varios cuadros que dedicó a su médico (como el Retrato del doctor Gachet, 1890, Museo de Orsay, París) subraya su pasividad y melancolía en un gesto plenamente romántico. Las obras de este período final acusan un fuerte contraste y reflejan su íntima desdicha y los tormentos interiores que le afligían; el tratamiento formal, nervioso y desasosegado hasta el paroxismo, las pinceladas gruesas y ondulantes y los bruscos colores de su paleta expresan su zozobra.

Detalle de un Autorretrato (1890, Museo de Orsay, París)
También en esta última etapa abundan las obras maestras; a ella pertenecen sus mejores autorretratos, entre los que sobresale el Autorretrato de 1890 (Museo de Orsay, París), que regaló al doctor Gachet. El predominio de los tonos azules contrasta con los rojos y naranjas del pelo y el rostro; azules son también los ojos, cuya mirada fija y penetrante atrae inmediatamente la atención del espectador. En cierta ocasión escribió a su hermano Theo: "Se ha dicho -y estoy dispuesto a creerlo- que no es fácil conocerse uno mismo, ni tampoco pintarse uno mismo". El cuadro es uno de los resultados culminantes del laborioso ejercicio de introspección a que se sometió Van Gogh.
Aunque también puedan encontrarse lienzos de límpido esplendor, en sus últimos paisajes la belleza natural aparece a menudo turbada por una subterránea agitación, reflejo de la ansiedad del artista. Las barracas (1889, Museo del Hermitage, San Petersburgo) presenta en apariencia un sencillo paisaje, con un campo en primer plano, un grupo de barracas, unos cerros y el cielo como telón de fondo. Sin embargo, ni una sola parcela del lienzo se halla libre de inquietud: todo está en tensión y todo se encuentra en impetuoso movimiento. El cielo, pintado con grandes pinceladas, parece precipitarse sobre los cerros, los cuales a su vez se asemejan a fuertes oleadas de agua que se abalanzan sobre las construcciones. Las imágenes de las barracas tampoco irradian tranquilidad con sus quebradas siluetas. La misma tensón posee la gama cromática: predominan los tonos verdes variados, pero de golpe un tejado casi rojo rompe el equilibrio.

Cipreses (1889)
En Cipreses (1889, Metropolitan Museum, Nueva York), esos infamados árboles que simbolizaron siempre la hospitalidad se yerguen como dos llamaradas desde una espesura de matas bajas, diabólicamente inquietas contra un luminoso cielo azul arremolinado de nubes blancas. Las pinceladas son espesas, se arraciman y se superponen en torbellino, y el conjunto del paisaje queda traspasado por una turbadora ansiedad. Una proyección aún más intensa de su estado de ánimo en el paisaje se encuentra en Noche estrellada (1889, MOMA, Nueva York), donde las ondulaciones sacuden una visionaria representación del cielo, reflejo de una abrumadora angustia interior. La fuerza de tales obras ha valido al artista la consideración de genial precursor del expresionismo.

Noche estrellada (1889)
No siempre fue sombrío el ánimo de Van Gogh en esta fase final. De hecho, muchas de las cartas a Theo de los últimos meses están iluminadas por una alta y feliz embriaguez creadora, por el gozo de una liberación artística finalmente alcanzada en íntima comunión con la libre naturaleza. La desazón interior convivía con una pasión creativa inextinguible y con su exacerbada sensibilidad por la belleza, y tal tensión está en la base de muchas obras. Campo de trigo con cipreses (1889, National Gallery, Londres) muestra el espíritu inquieto de un hombre al borde de la locura, pero también expresa la admiración del artista por la belleza y el poder de la naturaleza, como se manifiesta en los cipreses flameantes y en las espigas dobladas por el viento.

Campo de trigo con cipreses (1889)
Análoga complejidad anímica se refleja en obras como Las lilas (1889, Museo del Hermitage, San Petersburgo). La espesa hierba y las flores del primer plano son especialmente hermosas, y los radiantes colores con los cuales está pintado el arbusto en flor suenan como un himno a la belleza y al poder de la naturaleza; pero el azul del segundo plano presenta una tonalidad tan intensa que hace pensar en el estado anímico del pintor. Cada forma pictórica y cada pincelada manifiestan el máximo de tensión: los tallos y los pétalos de las filas se retuercen como si estuvieran en el fuego.
Pero la naturaleza, que alegraba y sorprendía al maestro con su belleza, no lograba sosegar su atormentada alma. Dos semanas antes de su suicido pintó una de sus obras más sobrecogedoras, Trigal con cuervos (1890, Museo Van Gogh), que ha sido objeto de dispares interpretaciones. Un premonitorio cielo oscuro con una bandada de cuervos cubre uno de sus amados trigales, atravesado a medias por un camino cortado.

Trigal con cuervos (1890)

jueves, 19 de enero de 2017

Historia del Arte: Rafael

Rafael

(Raffaello Santi, también llamado Rafael Sanzio o Rafael de Urbino; Urbino, actual Italia, 1483 - Roma, 1520) Pintor y arquitecto italiano. Por su clasicismo equilibrado y sereno basado en la perfección de la luz, la armonía en la composición y el dominio de la perspectiva, la obra de Rafael Sanzio constituye, junto con la de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel Buonarrotti, una de las más excelsas realizaciones de los ideales estéticos del Renacimiento.





Su padre, que fue el pintor y humanista Giovanni Santi, lo introdujo pronto en las ideas filosóficas de la época y en el arte de la pintura, pero falleció cuando Rafael contaba once años; para ganarse la vida, a los diecisiete años trabajaba ya como artista independiente. No se conoce con exactitud qué tipo de relación mantuvo Rafael con Perugino, del que unos lo consideran discípulo y otros socio o colaborador. Sea como fuere, lo cierto es que superó rápidamente a Perugino, como se desprende de la comparación de sus Desposorios de la Virgen con los de este último. Desde 1504 hasta 1508 trabajó fundamentalmente en Florencia, en donde recibió la influencia del arte de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel.
De entre sus obras de este período (El sueño del caballero, Las tres Gracias), las más celebradas son sus variaciones sobre el tema de la Virgen y la Sagrada Familia. Los personajes sagrados, dotados de cautivadores toques de gracia, nobleza y ternura, están situados en un marco de paisajes sencillos y tranquilos, intemporales. En estas telas, Rafael da muestras de su inigualable talento para traducir a un lenguaje sencillo y asequible los temas religiosos. Su maestría en la composición y la expresión y la característica serenidad de su arte se despliegan ya en plenitud en la Madona del gran duque, La bella jardinera o La Madona del jilguero, entre otras obras.

En 1508, el papa Julio II lo llamó a Roma para que decorara sus aposentos en el Vaticano. Aunque contaba sólo veinticinco años, era ya un pintor de enorme reputación. En las habitaciones de Julio II, conocidas en la actualidad como Estancias del Vaticano, Rafael pintó uno de los ciclos de frescos más famosos de la historia de la pintura.
Entre 1509 y 1511 decoró la Estancia de la Signatura, donde pintó las figuras de la Teología, la Filosofía, la Poesía y la Justicia en los cuatro medallones de la bóveda, para desarrollar de forma alegórica estos mismos temas en cinco grandes composiciones sobre las paredes: El triunfo de la Eucaristía, La escuela de Atenas, El Parnaso, Gregorio IX promulgando las Decretales y Triboniano remitiendo las pandectas a Justiniano, estas dos últimas alusivas a la justicia. En un espacio de gran amplitud, organizado con un perfecto sentido de la perspectiva, Rafael dispone una serie de grupos y figuras, con un absoluto equilibrio de fuerzas y una sublime elegancia de líneas. No se puede pedir mayor rigor compositivo ni un uso más magistral de la perspectiva lineal.

La escuela de Atenas (1511), de Rafael
En la Estancia de Heliodoro, decorada de 1511 a 1514, Rafael desarrolló cuatro temas históricos, acentuando en cada uno de ellos un rasgo plástico determinado: el claroscuro en La liberación de San Pedro, la riqueza del colorido en la Misa de Bolsena, etc. En la estancia del Incendio del Borgo (1514-1517) predomina ya la aportación de los discípulos sobre la del maestro, lo mismo que en la Estancia de Constantino, donde sólo la concepción del conjunto corresponde a Rafael.
El pintor simultaneó la decoración de las Estancias del Vaticano con la realización de otras obras, como los frescos de El triunfo de Galatea para la Villa Farnesina. A este período corresponden también numerosos cuadros de la Virgen con el Niño, algo más solemnes y menos cautivadores que los de la etapa florentina. Los retratos romanos, en cambio, superan en veracidad y penetración psicológica a los florentinos. En ambos casos, el dibujo es de una calidad inigualable y el colorido, discreto, servidor de la forma.
A partir de 1518, Rafael se ocupó de la decoración de las Logias del Vaticano con pequeñas escenas del Antiguo Testamento envueltas en paneles de grutescos. La Transfiguración, última obra del artista, es considerada por algunos el compendio perfecto de su arte. Sus trabajos arquitectónicos, de menor importancia que los pictóricos, incluyeron la dirección de las obras de San Pedro del Vaticano.
Enlace:http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rafael.htm


sábado, 7 de enero de 2017

Historia del Arte: Cúpula di Fiore

La cúpula de Brunelleschi

Iniciada en 1296, la catedral de Florencia es gótica en su mayor parte, con arcos ojivales y angulosos espacios verticales. Cuando Brunelleschi empezó a trabajar en la cúpula 124 años más tarde, el estilo gótico estaba ya obsoleto.
 La cúpula de Brunelleschi  

¿Cómo pudo un orfebre, célebre por su mal carácter y sin formación académica como arquitecto, construir una de las joyas más bellas del Renacimiento italiano?

En 1418 las autoridades de Florencia abordaron por fin un problema monumental que durante décadas habían ignorado: el enorme hueco abierto en la cubierta de la catedral. Año tras año, las lluvias del invierno y el sol del verano caían sobre el altar mayor de Santa Maria del Fiore, o mejor dicho, sobre el espacio vacío que este debería haber ocupado. La construcción del templo, iniciada en 1296, era una afirmación del papel destacado de Florencia entre las grandes capitales culturales y económicas de Europa, enriquecida gracias a las altas finanzas y al comercio de la lana y la seda. Años más tarde se decidió que el glorioso remate del edificio debía ser la cúpula más grande del mundo, lo cual daría la certeza de que la catedral sería «la más útil y hermosa, la más poderosa y honorable» entre todas las construidas hasta entonces.
Pero transcurrieron muchos decenios y nadie parecía capaz de concebir un proyecto viable de una cúpula de casi 50 metros de ancho, sobre todo porque había que empezar a edificarla a 55 metros de altura, sobre los muros ya existentes. Otros problemas atormentaban al consejo catedralicio: los proyectos de construcción previstos eludían los arbotantes y los arcos ojivales propios del estilo gótico tradicional, por entonces el preferido de las ciudades rivales del norte, como Milán, la eterna enemiga de Florencia. Sin embargo, esos elementos eran las únicas soluciones arquitectónicas conocidas capaces de sostener una estructura tan colosal. ¿Podría una cúpula de decenas de miles de toneladas sostenerse sin ninguno de esos elementos? ¿Ha­­bría suficiente madera en toda la Toscana para los andamios y cimbras necesarios para construir la cúpula? ¿Se podría levantar la estructura sobre la planta octogonal impuesta por los muros existentes sin que se desmoronara por el centro? Nadie lo sabía.
Así pues, en 1418 las autoridades florentinas convocaron un concurso para dar con el diseño ideal de la cúpula, ofreciendo un tentador pre­mio de 200 florines de oro para el ganador, y la posibilidad de pasar a la posteridad. Los mejores arquitectos del momento acudieron a la ciu­dad del Arno para presentar sus ideas. Desde el principio el proyecto estuvo impregnado de tantas dudas y temores, de tanto secretismo y orgullo cívico, que un halo de leyenda pronto envolvió la historia de la cúpula, convirtiéndola en una parábola del ingenio florentino y en un mito fundacional del Renacimiento italiano.
En las primeras crónicas escritas, los perdedores salieron particularmente mal parados. Se dijo que uno de los arquitectos aspirantes había propuesto sostener la cúpula con una enorme columna levantada en el centro de la catedral. Otro sugirió construirla con «piedra esponja» (tal vez spugna, un tipo de roca volcánica muy porosa) para reducir su peso. Y aún hubo quien propuso utilizar como andamiaje una montaña de tierra mezclada con monedas, para que los menesterosos la retiraran gratuitamente una vez finalizada la construcción.La cúpula de Brunelleschi
Lo que sí sabemos con certeza es que otro candidato, un orfebre poco agraciado, bajito y de mal carácter llamado Filippo Brunelleschi, prometió construir no una cúpula sino dos, una paralela a la otra y conectadas entre sí, sin levantar complicados y costosos andamios. Pero se negó a revelar los detalles de su proyecto, por temor a que algún competidor le robara la idea. Su obstinación desembocó en una serie de discusiones a gritos con las autoridades municipales encargadas de supervisar la obra, quienes en dos ocasiones ordenaron a las fuerzas del orden que lo expulsaran de la asamblea, acusándolo de ser «un bufón y un bocazas».
Aun así, el misterioso diseño de Brunelleschi llamó su atención, quizá porque ya intuían que aquel bufón y bocazas era un genio. De joven, durante su aprendizaje del oficio de orfebre, se instruyó en las artes del dibujo y la pintura, la talla de madera, la escultura con oro y plata, la talla de piedras preciosas, el nielado y el esmalte. Posteriormente estudió óptica y realizó interminables experimentos con ruedas, engranajes, pesos y piezas en movimiento, y fabricó una serie de ingeniosos relojes, entre ellos uno de los primeros despertadores de la historia. Aplicando sus conocimientos teóricos y mecánicos a la ob­­servación del mundo natural, definió los princi­pios de la perspectiva lineal. Cuando se presentó al concurso, acababa de regresar de Roma, donde había pasado años haciendo mediciones y di­­bujando los monumentos antiguos y anotando, en escritura cifrada, sus secretos arquitectónicos. En realidad, la vida de Brunelleschi parece haber sido un largo aprendizaje encaminado a construir una cúpula de belleza sin igual, tan útil, poderosa y honorable como quería Florencia.
Al año siguiente los responsables de la catedral se reunieron varias veces con Brunelleschi y le sonsacaron más detalles de su proyecto. Em­­pezaron a vislumbrar entonces lo brillante –y arriesgada– que era su idea. Su cúpula consistiría en dos casquetes concéntricos: uno interior, visible desde dentro de la catedral, alojado dentro de la cúpula exterior, más ancha y más alta. Para contrarrestar el «empuje lateral» (la presión hacia fuera creada por el peso de una gran estructura, que pudiera agrietarla o causar su desmoronamiento), reforzaría los muros anillándolos con zunchos de piedra, hierro y madera, como los flejes de un tonel. Los primeros 17 metros los construiría con piedra y después seguiría con materiales más ligeros, tal vez spugna o ladrillo. También aseguró a las autoridades que podía trabajar sin necesidad de montar un andamiaje convencional apoyado en el suelo, una noticia que fue recibida con asombro y gran alegría por parte de los responsables de la construcción, por el enorme ahorro en madera y mano de obra que eso supondría, al menos durante los primeros 21 metros, después de lo cual todo dependería de la marcha de los trabajos, «porque en construcción, solo la experiencia práctica puede señalar el curso que se debe seguir».
En 1420, las autoridades responsables de la supervisión de la catedral acordaron nombrar a Filippo Brunelleschi provveditore, o director, del proyecto de la cúpula. Sin embargo, tratándose de mercaderes y banqueros que confiaban en la competencia como un mecanismo para asegurar la calidad, nombraron como director adjunto a Lorenzo Ghiberti, orfebre colega de Brunelleschi y también florentino. Los dos hombres eran rivales desde 1401, cuando ambos habían competido por otro ilustre encargo: la realización de las puertas de bronce del Baptisterio de Florencia. En aquella ocasión había ganado Ghiberti. (Mucho después, un admirado Miguel Ángel diría de ellas que eran «las puertas del Paraíso», sobrenombre con el que se conocen popularmente.) Ya por entonces era el artista más famoso y con mejores contactos políticos de Florencia. Así pues, Brunelleschi, cuyo proyecto para la cúpula había sido aceptado sin reparos, se vio obligado a trabajar codo con codo con su incómodo y famoso rival. Aquel arreglo dio pie a interminables in­­trigas, conspiraciones y artimañas.La cúpula de Brunelleschi
Así fueron los tempestuosos inicios de la construcción del Cupolone, como lo llamaban los florentinos, una obra monumental cuyo desarrollo a lo largo de los 16 años siguientes fue un reflejo en miniatura del pulso de la ciudad. Los progresos de la construcción se convirtieron en un punto de referencia para la vida ciudadana. Cuando había que poner plazo a un hecho o al cumplimiento de una promesa, se decía que estaría listo «antes de que la cúpula esté terminada». Su colosal y redondeado perfil, tan diferente de la verticalidad del gótico, simbolizaba las aspiraciones de libertad de la república de Florencia frente a la tiranía de Milán, y más aún, la incipiente liberación del Renacimiento de las sofocantes restricciones de la Edad Media.

El primer problema que hubo que resolver era estrictamente técnico. Ningún mecanismo eleva­dor conocido era capaz de levantar y maniobrar unos materiales tan pesados, incluidas las vigas de piedra arenisca, a tanta altura del suelo. En este punto, el hábil relojero que era Brunelleschi se superó a sí mismo. Inventó un cabrestante de tres velocidades con un intrincado sistema de engranajes, poleas, tornillos y árboles, accionado por una yunta de bueyes que hacía girar un eje de madera. Funcionaba con una cuerda especial de 180 metros de largo y pesaba casi 500 kilos. La máquina, fabricada especialmente en los astilleros de Pisa, estaba provista de un revoluciona­rio sistema de embrague que podía invertir la dirección sin necesidad de que los bueyes cambiaran el sentido de su movimiento. Posteriormente Brunelleschi diseñaría otras máquinas elevadoras igualmente novedosas, entre ellas el castello, una grúa de unos 20 metros de altura con una serie de contrapesos y tornillos manuales que servía para desplazar cargas lateralmente una vez habían alcanzado la altura adecuada. Las máquinas de Brunelleschi eran artilugios tan avanzados para su tiempo que no tuvieron rival hasta bien entrada la Revolución Industrial y fascinaron a generaciones de artistas e invento­res, entre ellos a un tal Leonardo, de la cercana localidad toscana de Vinci, en cuyo cuaderno de apuntes anotó sus mecanismos.
Con todos los instrumentos necesarios para acometer su proyecto preparados, Brunelleschi se centró en la cúpula pro­­piamente dicha, a la que dio forma con una serie de extraordinarias innovaciones técnicas. Su diseño de doble cúpula produjo una estructura mucho más alta y ligera de lo que habría sido una bóveda sólida de ese tamaño. Entretejió en la textura de la cúpula hiladas regulares de ladrillo a espiga, según una técnica poco conocida, para conferir a toda la estructura mayor solidez.
A medida que la construcción avanzaba, Brunelleschi pasaba más y más tiempo a pie de obra. Supervisaba la fabricación de ladrillos de diferentes medidas y el suministro de la piedra y del mármol escogidos en las canteras. Dirigía un ejército de albañiles, canteros, carpinteros, he­­rreros, plomeros, toneleros, aguadores y otros artesanos. Cuenta un biógrafo que cuando a un subalterno le costaba entender algún detalle complicado de la construcción, él se lo explicaba creando un modelo de cera o de arcilla, o tallaba ese elemento en un nabo, para ilustrar lo que quería. Se preocupaba mucho por sus trabajadores, tanto por su seguridad como para lograr que las obras avanzaran lo más rápido posible. Ordenó que les dieran el vino aguado para que mantuvieran la cabeza despejada cuando estuvieran en las alturas (la orden fue revocada ante las quejas de los trabajadores descontentos) y añadió parapetos a las plataformas suspendidas para prevenir caídas y evitar que los operarios miraran hacia abajo desde las vertiginosas alturas de la cúpula y se marearan. Se cuenta también que era un capataz extremadamente riguroso. Cuando los albañiles fueron a la huelga para exigir aumento de sueldo, parece ser que contrató esquiroles de Lombardía, y solo permitió regresar a los antiguos trabajadores cuando aceptaron volver a las obras con el salario reducido.
También tuvo que vérselas con adversarios poderosos y bien relacionados, encabezados por el intrigante Lorenzo Ghiberti, quien recibía el mismo salario anual que él, de 36 florines, aunque Brunelleschi era el artífice del proyecto y el director ejecutivo de las obras.
Sus biógrafos cuentan cómo finalmente consiguió ganarle la partida a Ghiberti. En el verano de 1423, poco antes de colocar un zuncho de madera para reforzar la estructura, se retiró de la obra quejándose de fuertes dolores en el costado. Cuando los carpinteros y albañiles preguntaron cómo y dónde debían colocar las enormes vigas de madera de castaño que componían ese anillo, delegó la responsabilidad en su rival. Cuando Ghiberti hubo dirigido la instalación de unas pocas vigas, Brunelleschi reapareció, milagrosamente recuperado, y declaró que el trabajo de su adversario había sido inútil y que era preciso desmontarlo todo y volver a empezar. Se puso al frente de las obras de reparación, quejándose a las autoridades de que su colega ganaba un salario que no merecía. Aunque la narración de este episodio destila cierta parcialidad en favor del genial arquitecto, lo cierto es que al final de ese año los archivos acreditan el nombre de Brunelleschi como el del único «inventor y director de la cúpula».
Más adelante logró que le subieran el salario a 100 florines al año, mientras que el de Ghiberti continuó siendo de 36 florines. Pero este no se dio por vencido. En 1426 su ayudante, el arquitecto Giovanni da Prato, envió a las autoridades de la ciudad un extenso pergamino, que se conserva en los Archivos Nacionales de Florencia, con una detallada crítica de la obra de Brunelleschi, ilustrada con dibujos. En su alegato, Da Prato afirmaba que «por ignorancia y vanidad», Brunelleschi se había apartado del proyecto original de la cúpula, y que a raíz de su descuido la obra se había «echado a perder y amenazaba ruina». Da Prato compuso además un violento ataque personal contra Brunelleschi en forma de soneto en el que lo llamaba «fuente profunda y oscura de ignorancia» y «animal miserable e insensible», cuyos planes estaban condenados al fracaso. Incluso aseguró, un tanto precipitadamente, que estaba dispuesto a quitarse la vida si alguna vez triunfaban. Brunelleschi replicó con otro soneto igualmente despectivo en el que instaba a Da Prato a destruir sus poemas para no convertirse en el hazmerreír de todos cuando empezaran a celebrar la construcción de lo que él consideraba imposible.
Al final, Brunelleschi y sus trabajadores celebraron su victoria, aunque después de varios años más de dudas y enfrentamientos. En 1429, en el extremo oriental de la nave de la catedral, junto a la cúpula, aparecieron unas grietas que obligaron a Brunelleschi a reforzar los muros con vigas de hierro. En 1434, quizás a causa de las intrigas de Ghiberti, Brunelleschi fue encarcela­do por una falta menor relacionada con el impago de las cuotas del sindicato. Pero pronto fue liberado y la cúpula siguió su imparable as­censo hacia el cielo a un ritmo de unos 30 centímetros al mes. El 25 de marzo de 1436, para la fiesta de la Anunciación, el papa Eugenio IV y una asamblea de cardenales y obispos consagraron la iglesia, ya terminada, al son de las campanas y los gritos de júbilo de los orgullosos florentinos. Diez años después otro ilustre grupo de prelados depositó la piedra angular de la linterna, la es­­tructura decorativa de mármol que Brunelleschi diseñó para coronar su obra maestra.
Al poco tiempo, el 5 de abril de 1446, Filippo Brunelleschi fallecía de repente. Para su funeral lo vistieron de blanco y lo colocaron en un ataúd rodeado de cirios, con los ojos vueltos hacia la cúpula que había construido ladrillo a ladrillo, entre el humo de las velas y cánticos fúnebres. Fue sepultado en la cripta de la catedral, donde una placa conmemorativa rinde homenaje a su «divino intelecto». Un gran honor, ya que antes de Brunelleschi muy pocos, entre ellos un santo, habían sido enterrados en la cripta, y los arquitectos solían considerarse en aquella época humildes artesanos. Con su genio, su capacidad de mando y su arrojo, Brunelleschi elevó a los artistas a la categoría de creadores sublimes, merecedores de eternas alabanzas en compañía de los santos, una imagen que perduraría todo el Renacimiento.
De hecho, preparó el camino para las transformaciones sociales y culturales del propio Renacimiento, con su compleja síntesis de inspiración y análisis, y su audaz reinterpretación del pasado clásico a la luz de las necesidades y las aspiraciones del presente. Una vez terminada, Santa Maria del Fiore fue embellecida por artistas como Donatello, Paolo Uccello y Luca della Robbia, lo que la convirtió en un auténtico banco de pruebas de la expresión artística renacentista, además de haber sido su cuna.
La cúpula de Brunelleschi se yergue todavía hoy sobre el mar de tejas rojas que cubren los tejados de Florencia, vestida también con el color rojo del barro cocido, con las armoniosas proporciones de una diosa griega. Es colosal, pero a la vez ligera y tenue, como si los nervios de mármol blanco que ascienden hasta el ápice fuesen las cuerdas que mantienen sujeto a la tierra un enorme dirigible. De alguna manera Brunelleschi supo expresar con la piedra el espíritu de libertad, y caracterizó para siempre el horizonte de Florencia con una representación del espíritu humano que ansía elevarse a las alturas.
Enlace:http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/la-cupula-de-brunelleschi_7970

jueves, 29 de diciembre de 2016

Historia del Arte: Jan Van Eyck

Biografía y obra de Jan Van Eyck
A Van Eyck se le considera el iniciador de la Escuela Flamenca y quien perfecciona la técnica del óleo.
Entre sus temas religiosos destaca el Políptico del Cordero Místico de San Bavón en Gante. Se trata de una obra muy importante pues resume las características flamencas.
Jan Van Eyck. Retrato del matrimonio Arnolfini En las tablas superiores se representa a Dios Padre con sus atributos de poder y en posición sedente flanqueado por la Virgen y por San Juan. Éstos, a su vez, están rodeados por ángeles cantores y éstos por Adán y Eva desnudos.
En las tablas inferiores aparece la Adoración del Cordero Místico. En el paisaje se muestra sensación de profundidad con punto de vista alto. También utiliza las tres dimensiones y una composición simétrica.
En esta obra se observa una gran minuciosidad y cuidado del colorido, con buen tratamiento de los pliegues de los paños.
Las figuras están representadas con gran realismo (pudiera ser que modelos posaran para ser copiado). No se trata de figuras monumentales sino figuras alargadas y esbeltas, cuya cuestión técnica se relega al tratamiento de los pliegues y paños (pliegues no circulares, sino en diagonal y geométricos).

También hay algunas figuras grisallas, es decir en tonos blancos, negros y grises, tratadas de esta forma para que parezcan esculturas.
Destaca el coro de los ángeles, muy ornamentados, con detalles tratados a la manera miniaturista.
En su obra la Virgen del Canciller Rolín, aparecen la Virgen y Niño en posición sedente, y delante de ellos, un donante. Se trata de una escena interior en la que la profundidad se consigue mediante el enlosado. Hay una ventana que muestra el paisaje exterior a partir de una arquitectura que ya no recuerda al gótico (con arcos de medio punto).
Virgen del Canciller Rolín. Jan Van Eyck
Van Eyck elimina la jerarquía del tamaño, pues pinta con el mismo tamaño a todas los personajes, salvo los más alejados que son más pequeños. Las mujeres representadas tienen el rostro relleno y el pelo como de lana cardada.
La Virgen del Cardenal Vanderreal es una obra muy realista, con gran sensación de profundidad y colorido. Se muestra la riqueza material en la escana, mediante alfombras, telas, joyas. También es representado el mecenas.
Temas burgueses en la pintura de Van Eyck:
Retrato del matrimonio Arnolfini. Es la representación de su boda en una escena interior dentro de una habitación burguesa confortable. La pintura muestra gran detallismo y minuciosidad en los pliegues, al mismo tiempo que viveza de colores. En el cuadro hay una ventana que muestra el paisaje y permite que entre la luz. Aunque esta gran obra de Van Eyck es acusadamente realista, no precinde de un cierto simbolismo mediante la figura del perro, como representación de la fidelidad y la captación psicológica de los rostros.

Enlace:http://www.arteespana.com/janvaneyck.htm

viernes, 18 de noviembre de 2016

Historia del Arte: Puerta de Platerias


¡

Esta vez os voy a hablar de la Puerta de PLaterias en la Catredal de Santiago:

Fachada de las Platerías

La fachada de las Platerías es la fachada meridional del crucero de la Catedral de Santiago de Compostela.

Se edificó entre 1103 y 1117 y contiene, además de los relieves románicos originales, otros procedentes de una puerta que nunca se llegó a edificar y de la fachada del Paraíso. La fachada de las Platerías sufrió un incendio en 1117 durante un ataque de los burgueses contra Diego Gelmírez y otro a mediados del siglo XV. En 1884 Antonio López Ferreiro colocó en esta portada una serie de estatuíllas que procedían del coro del Maestro Mateo.
La fachada de las Platerías debe su nombre a los obradores de plata que existían en el lugar.

En el tímpano de la puerta izquierda aparece Cristo tentado por un grupo de demonios. A la derecha aparece una mujer semidesnuda con una calavera en las manos, que puede ser Eva o la mujer adúltera. En las jambas aparecen San Andrés y Moisés. En el contrafuerte izquierdo, el bíblico rey David sentado en su trono con las piernas cruzadas, traslucidas a través de la fina tela de su ropa y tocando una viola, personifica el triunfo sobre el mal siendo una obra destacada del románico esculpida por el Mestre de Platerías; la creación de Adán y Cristo bendiciendo. Todas estas figuras proceden de la fachada románica norte o del Paraíso (actual fachada de la Azabachería) y fueron colocadas en esta fachada en el siglo XVIII.

En el tímpano de la puerta derecha aparecen varias escenas de la pasión de Cristo. En una de las jambas aparece la inscripción que conmemora la colocación de la primera piedra: «ERA / IC / XVI / V IDUS / JULLII» [11 de julio de 1078]. Una imagen, no identificada, sobre un zorro que engulle una liebre y, frente a esta, una mujer mal vestida con un animal en el regazo, proceden de otro lugar. Apoyadas en el muro de la torre de la Berenguela aparecen otras imágenes que representan la creación de Eva, Cristo en un trono y el sacrificio de Isaac.

De las once columnas inferiores de esta fachada, tres son de mármol (la central y las extremas) y el resto de granito. En la central aparecen las figuras de doce profetas y en las laterales los apóstoles.

Para el friso también se aprovecharon algunas de las figuras de la puerta de la Azabachería. Dos leones, sobre los que reposa un crismón y una figura desconocida, se apoya sobre la columna central. En un medallón aparece el Padre Eterno (o la Transfiguración), con las manos abiertas y rodeado por dos ángeles que tocan cuernos. En el centro del friso aparece Cristo bendiciendo acompañado del apóstol Santiago y de seis figuras más, las colocadas por Antonio López Ferreiro. También aparecen San Andrés, la Virgen y el Niño y cuatro apóstoles y un ángel. A la derecha de Santiago está San Juan, una escena de la expulsión de Adán e Eva del Paraíso y otras figuras sueltas, incluido unentauro.

El friso se separa del cuerpo superior por un sobradillo sostenido por canecillos grotescos. Las dos ventanas están adornadas por arquivoltas. Los arcos interiores están descentrados por causa de las reformas realizadas en el siglo XIII. A la izquierda hay una gran pechina que sostiene la escalera de acceso al tesoro primitivo.

Originariamente había dos torres románicas a ambos lados de esta fachada (solo se conservan los alicerces de una de ellas, sobre la que se levantó la Torre del Reloj) y el tema de la portada era el del Mesías.

Historia del Arte: Panteon



El Panteón
El Panteón es uno de los monumentos mejor conservados de la Antigua Roma. Contemplar sus severas formas clásicas conviviendo con normalidad con edificios de la ciudad moderna produce una extraña sensación de anacronismo. Y no sin emoción se atraviesan los enormes batientes de bronce para entrar bajo la cúpula levantada por Adriano hace 1900 años.
Aunque el Panteón conserva en su frontispicio el nombre de Agripa, que levantó el primer Panteón en tiempos de Augusto, el edificio que hoy vemos fue construido por el emperador Adriano en el siglo II. La forma esférica de su interior (la cúpula es una media esfera perfecta) debía reflejar la perfección del Imperio Romano, destinado a durar eternamente.
El Panteón constituye una de las cumbres de la arquitectura romana, perfecto en el equilibrio y armonía de sus formas y en su impecable construcción.
Hoy, además de seguir siendo una iglesia con culto, el monumento cumple la función de panteón real. Contiene las tumbas de los dos primeros reyes de la Italia unificada, y también la tumba del insigne pintor renacentista Rafael.

Este milagro ha sido posible gracias a que el Panteón fue el primer edificio clásico transformado en iglesia: en el año 608, el emperador bizantino Focas (dueño de Roma en aquel momento) se lo ofreció al Papa Bonifacio IV. De este modo, el antiguo templo dedicado “a todos los dioses de Roma” se convirtió en la iglesia de Santa Maria ad martyres, dedicada a los mártires de las persecuciones. Una enorme cantidad de huesos procedentes de todas las Catacumbas de Roma fue trasladada a la nueva iglesia.